lunes, 29 de agosto de 2011

Él.



Esa sensación que vivimos cuando llega la hora de despedir un amor. Porque se acaban los días. Porque uno debe marcharse. Porque no deben estar juntos. O simplemente porque es el fin del verano. Hablo de la sensación que nos produce un escalofrío. Hablo de despedirse de lo más importante en la vida. Hablo de ver marchar a la única razón por la que existe la felicidad.
Es un momento triste en el que ves tú pasado, tu presente y tu futuro. Es en ese mismo momento en el que ninguno habla. Y en el hecho de empezar a llover surgen las palabras.
-Oh! Llueve.
-Si, llueve.
-Es increíble la estela que dejan los dibujos que las gotas forman al caer en el mar.
-Si, es increíble. Y realmente precioso.
-Si, es precioso...
Y se acaban las palabras. La lluvia es demasiado fuerte y llega el momento de allí. Recogen sus cosas y se marchan, juntos. Recorren gran parte del camino sin pronunciar palabra, y cuando llegan al punto en el que cada uno sigue su propio camino, se despiden.
-Hoy es el último día de verano.
-Si, el último día de verano.
-Supongo que esto es una despedida.
-...
-Bien, pues...te echaré de menos. Adiós.
Cada uno se marcha por su camino. Cada uno ya echa de menos al otro. Cada uno vuelve la vista atrás, y al cruzarse sus miradas echan a correr hasta reencontrarse con el otro y fundirse en el mejor beso de su verano...de sus vidas.
-No digas "adiós". Mejor di "hasta pronto".
-Hasta pronto, pequeña. Así la llamaba él.

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El tiempo pasa incluso para mi .


C'est finí.